


Este mural es un himno al mito, la primavera y la belleza ancestral. En su centro se enrosca un dragón luminoso, representado en cálidos dorados y rojos cobrizos: su melena resplandece y sus escamas brillan con una tensión divina. La criatura emerge entre nubes estilizadas y ramilletes de suaves flores de sakura, ondulándose en el espacio como un soplo celestial. Los pétalos se esparcen por el cielo, mientras que el fondo oscuro brilla con destellos de tinta dorada, evocando las tardes de Kioto durante el Hanami bajo los árboles iluminados por faroles.
Profundamente inspirado en el simbolismo del este asiático, el dragón es un protector celestial, símbolo de poder, sabiduría y equilibrio cósmico en la tradición china. La sakura (flor de cerezo), por su parte, evoca temas japoneses de impermanencia, belleza y renovación estacional.