


Este mural de cerámica es un homenaje devocional a la Virgen María, realizado con una maestría luminosa y un profundo simbolismo. En su centro, la Santísima Madre se inclina tiernamente hacia el Niño, con su rostro sereno y contemplativo, encarnando tanto la calidez maternal como la gracia divina. El Niño Jesús, coronado con una delicada guirnalda, descansa seguro en su abrazo, un gesto de intimidad y protección eterna.
El halo dorado que rodea a María está ricamente decorado, evocando la iconografía cristiana tradicional e irradiando luz sagrada. Alrededor de las figuras, florecen abundantemente lirios blancos, símbolos de pureza, castidad y el corazón inmaculado, profundamente arraigados en la tradición mariana. El marco circular realza la sensación de eternidad y orden divino, transformando la composición en un icono espiritual preservado en cerámica.