


Este mural cerámico rinde homenaje a la época dorada del retrato de animales en el arte europeo. Pintado con el espíritu del realismo flamenco y los grandes óleos de los salones de los siglos XVIII y XIX, presenta tres caballos que cobran vida con una atención extraordinaria a la forma, la sombra y el alma. Sus posturas están cargadas de emoción: uno suavemente inclinado, otro alerta, el tercero noble y pálido, encontrando la mirada de una paloma pacífica posada tranquilamente a sus pies.
El contraste de texturas —pieles aterciopeladas, crines ondulantes, ropa de cama de paja y plumas suaves— refleja las técnicas de los maestros del taller de la historia. Cada elemento está compuesto con precisión pictórica: el brillo del hocico del caballo blanco, el destello de un ojo oscuro, la humilde suavidad del ave, todo ello equilibrado en un íntimo momento de unidad.
Esta pieza evoca temas de serenidad, nobleza y conexión atemporal.