


Este mural se inspira directamente en el pulso artístico de Teherán, una capital donde la historia y la estética se fusionan en palacios de azulejos, antiguas bibliotecas y escuelas de arquitectura. En su centro florece un refinado medallón, flanqueado por paneles simétricos y arabescos rítmicos. Los motivos florales son formales, pero no rígidos, y fluyen con la cadencia poética de la pintura en miniatura persa y la geometría arquitectónica.
El diseño se inspira en el legado de la era Qajar de Teherán, evocando los motivos que antaño se veían en los azulejos del Palacio de Golestán, las iluminaciones de manuscritos y los salones intelectuales. Su paleta —rica en azul marino, coral suave, marfil y pizarra— captura tanto la permanencia como la frescura. La tensión floral es deliberada: entre movimiento y estructura, color y silencio.