


Este mural captura la majestuosidad de los inicios de la era ferroviaria: una locomotora de vapor de hierro avanza por un viaducto centenario sobre aguas tranquilas, con el telón de fondo de suaves colinas. Nubes de humo se elevan hacia el cielo pálido, y la geometría rítmica de las ventanas y ruedas del tren complementa los arcos desgastados por el tiempo del puente.
El paisaje evoca los valles alpinos de Suiza, los ondulantes viñedos cerca de Verona o las vías del tren que cruzan los ríos de Salzkammergut, en Austria. Es un mural lleno de movimiento y a la vez profundamente inmóvil, que conecta el pasado y el presente con una elegante artesanía.
Cada pincelada narra una historia de viajes, inventos y una conexión atemporal entre el hombre y la tierra. Los colores son suaves pero intensos —ocres quemados, castaños cálidos, grises pizarra—, que armonizan la composición.