


Inspirado en las refinadas pinturas murales de Pompeya y Herculano, este mural cerámico captura la elegancia atemporal de los antiguos interiores romanos. Azulejos de color azul marino intenso sirven de fondo para unas líneas en tonos ocre y dorado: un ánfora central evoca los vasos sagrados de la antigüedad, mientras que ramas de olivo y pájaros trazan delicados arcos de movimiento, ritual y armonía.
El mural fusiona simetría y mito: una cenefa grecorromana ancla la composición, mientras que exuberantes frutos rojos granados y plumas estilizadas aportan riqueza natural. Parece excavado más que pintado, como un fresco rescatado de las cenizas y las llamas, renacido en cerámica para un templo moderno de belleza.
Esta pieza transforma entradas, comedores y paredes de estudio en diálogos con la antigüedad. Es audaz pero sobrio, ornamental pero profundamente clásico.