


Este mural de cerámica captura la quietud poética de un mito que renace en primavera. Una figura desnuda yace bajo un dosel de flores, con una pose serena y la mirada introspectiva mientras la luz del sol se filtra entre las hojas. Es más que una mujer: es Flora, o quizás una musa, suspendida en un estado onírico entre la estación y el espíritu. A su alrededor, florecen las flores silvestres y las mariposas flotan en la verde quietud de un jardín arcádico.
Representado con una suavidad pictórica y una reverencia mitológica, este mural se inspira en el lenguaje visual de la Antigüedad clásica y el romanticismo victoriano. Celebra tanto la divinidad femenina como la renovación sagrada de la naturaleza. Pétalos, hierba, piel y luz se tratan con la misma ternura, fusionando tierra y cuerpo en un todo lírico.